CAST / GAL

Morriña biónica
Candy, 38, PALENCIA

La ría de Vigo se tiñó de un ocre fosforescente; tocaba mutación de otoño.
Brais acarició el frío metal de su brazo derecho, viendo cómo la piel sintética se auto-reparaba, borrando la cicatriz de ayer.
A su lado, las bateas flotantes y los viejos astilleros reconfiguraban sus estructuras como columnas de mercurio, adaptándose al viento nuevo.
En el puerto, los marineros parpadeaban, descargando actualizaciones de memoria directas al cerebro.
Todo fluía, todo era plástico.
Brais suspiró, cerró sus ojos biónicos y saboreó la única morriña que le quedaba: el recuerdo de cuando las cosas duraban una vida.
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