Tic Tac
Leta, 51, LEGANES
L comenzaba el día con el canto del gallo, el café recién hervido y una tostada. El resto del día seguía su discurrir al ritmo que marcaba su reloj despertador mecánico, sin desviarse segundo a segundo de la rutina que le protegía desde aquel tic-tac que lo cambió todo. Cada día, a las diez de la noche, giraba frenéticamente la cuerda del reloj confiando en otras veinticuatro horas más. Un encuentro ansiado tuvo lugar, L se entregó y se descuidó. A las diez de la noche el reloj despertador enmudeció.