Lo que queda
Julián, 67, A Coruña
La ciudad cambia de piel sin pedir permiso. Donde estaba la ferretería ahora venden helados de colores imposibles. Dicen que es progreso. Puede que lo sea.
Nadie explica qué hacer con el recuerdo del olor a aceite de máquina, con el anciano que ponía tornillos en bolsitas de papel. Esas cosas no cambian: solo desaparecen.
El espejo también miente cada mañana. Devuelve una cara más vieja pero con los mismos miedos de siempre. Ahí sí que no hay progreso que valga.
Los cambios existen, nos acompañan toda nuestra vida. Tenemos que vivir con ellos aunque nos cueste.
Nadie explica qué hacer con el recuerdo del olor a aceite de máquina, con el anciano que ponía tornillos en bolsitas de papel. Esas cosas no cambian: solo desaparecen.
El espejo también miente cada mañana. Devuelve una cara más vieja pero con los mismos miedos de siempre. Ahí sí que no hay progreso que valga.
Los cambios existen, nos acompañan toda nuestra vida. Tenemos que vivir con ellos aunque nos cueste.