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Miriam, 59, Barcelona

Era de noche. Hacía frío hoy, pero otros días aún notaba más lo duro y helado que estaba el asfalto. Hasta que llegaba abril y, cada noche que pasaba, sus pies andaban más ligeros. Cuando llegaban a la arena y se hundian en su frescor, aminoraba la marcha poco a poco hasta llegar al cemento nuevamente. En ese espigón era donde despertaba cada día desde entonces. Sin ser concienciente de como había llegado, cada amanecer la sorprendía oyendo las olas, con el sol calentando sus pies desnudos.
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