Alimento emocional
Santi Iglesias, 45, Santiago de Compostela
Perdió el trabajo, el piso y casi la fe.
Dormía en un banco cerca de aquel supermercado. Cada mañana veía pasar gente con bolsas llenas y ojos vacíos.
Un día, una niña salió del super, se le acercó y le dio una mandarina.
—Es lo único que me dejaron comprar sola —dijo.
Él sonrió por primera vez en semanas.
Al día siguiente, apareció afeitado. Al otro, con currículum en mano.
Hoy trabaja reponiendo fruta.
Dice que su vida cambió por una mandarina.
Porque a veces, el destino no grita.
Te susurra el mensaje con piel de cítrico y manos pequeñas.
Dormía en un banco cerca de aquel supermercado. Cada mañana veía pasar gente con bolsas llenas y ojos vacíos.
Un día, una niña salió del super, se le acercó y le dio una mandarina.
—Es lo único que me dejaron comprar sola —dijo.
Él sonrió por primera vez en semanas.
Al día siguiente, apareció afeitado. Al otro, con currículum en mano.
Hoy trabaja reponiendo fruta.
Dice que su vida cambió por una mandarina.
Porque a veces, el destino no grita.
Te susurra el mensaje con piel de cítrico y manos pequeñas.