LUZ VIOLETA
PAULA, 63, CAMPONARAYA
Se pintó los labios en color cereza y se puso los pendientes que le había regalado su madre. Acababa de cumplir veinte años, pero le habían parecido cincuenta. Se miró al espejo y sonrió mientras una lágrima de inmensa felicidad asomaba a sus ojos. Abrió su bolso y sacó su nuevo DNI. Leyó su nombre en voz alta y se sintió orgullosa de aquella abuela suya de quien había elegido su nombre: Violeta.
Salió a la calle, feliz, y el sol iluminó su rostro. Lo había conseguido. Ya nadie volvería a llamarla Fernando.
Salió a la calle, feliz, y el sol iluminó su rostro. Lo había conseguido. Ya nadie volvería a llamarla Fernando.