Raíces
Xurxo, 18, Santiago de Compostela
Cada día, a la misma hora, el hombre enterraba su sombra bajo el jardín. Decía que así engañaba al destino. Los vecinos murmuraban que hablaba con la tierra y que los árboles lo escuchaban. Un martes, olvidó cavar. La sombra creció sin límites, devoró el reloj, la casa, su nombre. Cuando fueron a buscarlo, solo encontraron una silla vacía y una grieta en el suelo que olía a infancia. Desde entonces, cada tarde, el viento arrastra su voz entre las hojas: "no era libre, pero era mío el gesto de resistirme". El futuro, callado, se pudre lento bajo el jardín.