Bienvenido a mi mundo
Javier, 42, Ponferrada
Su cabeza apenas era más grande que la palma de mi mano. Besé su frente y apagué la luz.
En nuestra primera noche en casa me quedé a escuchar. Me acosté con su cunita pegada a mi cama y, a través de los barrotes, su mano permanecía cerrada con fuerza sobre mi dedo.
Escuchaba cada respiración. En cada silencio contaba los segundos hasta oír la siguiente.
En la madrugada llevé la mano a su pecho. Él siguió durmiendo.
Hasta entonces no había temido perder nada.
Él había nacido. Aquella noche también nació un padre.
En nuestra primera noche en casa me quedé a escuchar. Me acosté con su cunita pegada a mi cama y, a través de los barrotes, su mano permanecía cerrada con fuerza sobre mi dedo.
Escuchaba cada respiración. En cada silencio contaba los segundos hasta oír la siguiente.
En la madrugada llevé la mano a su pecho. Él siguió durmiendo.
Hasta entonces no había temido perder nada.
Él había nacido. Aquella noche también nació un padre.