TRANSPUERTO
Paula, 36, Moaña
Iba de su mano. No había aceras entonces y pasaban muchos camiones. Uno gigantesco me llamó la atención.
—Abuela, abuela, Trans-puer-to.
—No, neniña. Trans-por-te.
—Abuela, pone Transpuerto.
Ella se giró y me miró orgullosa. Había leído mi primera palabra.
Esa niña aún no sabía la suerte que tenía: arreglar las redes primero y pescar fanecas con el abuelo después.
Hoy paseamos y sujeto esa misma mano, llena de arrugas. Pasa un camión blanco. Me río y le recuerdo nuestra anécdota. Le brillan los ojos y también ríe. Se acuerda de todo. Ahora la cuido yo, como ella hizo conmigo.
—Abuela, abuela, Trans-puer-to.
—No, neniña. Trans-por-te.
—Abuela, pone Transpuerto.
Ella se giró y me miró orgullosa. Había leído mi primera palabra.
Esa niña aún no sabía la suerte que tenía: arreglar las redes primero y pescar fanecas con el abuelo después.
Hoy paseamos y sujeto esa misma mano, llena de arrugas. Pasa un camión blanco. Me río y le recuerdo nuestra anécdota. Le brillan los ojos y también ríe. Se acuerda de todo. Ahora la cuido yo, como ella hizo conmigo.