CAST / GAL

Mi niño
hlouzán, 63, Porriño

Me alegré cuando nos dieron el diagnóstico. Dios había escuchado mis oraciones. Su mirada fiera y cruel se apagarían, sus arrebatos de ira y violencia se extinguirían; perdería su memoria, su identidad y su voluntad. Sólo prevalecería la mía y podría al fin vengar sus vejaciones y sus palizas.
Pero un día, volviendo del supermercado, se soltó de mi mano, subió a un tobogán y gritó: “mira mami”. Se lanzó henchido de orgullo y corrió feliz hacia mí.
Y entonces comprendí que nunca podría olvidar ni perdonarle, pero tampoco hacerle daño: él era un niño, mi hijo para siempre.
Compartir: