Viejo amigo
P.P. Vázquez, 21, Rivas-Vaciamadrid
Hoy estaba nublado y el lobo volvió a mirarme. Cerré los ojos, pero lo seguía viendo.
Empecé a correr; nosé porqué lo hago, si él no se cansa y yo si. Me persiguió como siempre.
Cuando creí perderlo, lo encontré de frente; se había hecho más grande.
—¡Vete! —grité huyendo.
Empezó a llover.
No. Era el lobo llorando.
Me paré en seco y él hizo lo mismo. Empezó a menguar.
Comprendí que solo corre cuando yo lo hago primero. Desde ese día, dejé de huir. Me siguió mirando, pero jamás me volvió a acechar.
Empecé a correr; nosé porqué lo hago, si él no se cansa y yo si. Me persiguió como siempre.
Cuando creí perderlo, lo encontré de frente; se había hecho más grande.
—¡Vete! —grité huyendo.
Empezó a llover.
No. Era el lobo llorando.
Me paré en seco y él hizo lo mismo. Empezó a menguar.
Comprendí que solo corre cuando yo lo hago primero. Desde ese día, dejé de huir. Me siguió mirando, pero jamás me volvió a acechar.