Hilos invisibles
Lunnai, 36, Valladolid
Cuando el mundo se volvió ceniza yo solo buscaba un rincón donde disolverme. Entonces llegó Luna: gata elegante de mirada profunda y pasos suaves que cruzó mi puerta como si el destino la hubiera enviado. No pidió nada salvo un poco de calor, a cambio me devolvió la belleza que creía muerta. Sus ronroneos remendaron mis grietas con hilos invisibles. Vivió poco, como si el destino solo la hubiera tejido para mi dolor y mi cura. El día que partió no dejó vacío, dejó en mi pecho una luz silenciosa y eterna como su propio nombre.