Estación Término
Roberto D., 47, A Coruña
—Ya nadie para allí —dijo el revisor, al verle consultar la lista de próximas estaciones. El vagón traqueteaba y se bamboleaba en la oscuridad.
—¿Por qué?
—El pueblo quedó abandonado. Es muy bonito, pero no vive nadie.
—Entonces, si pulso el botón, ¿el tren no se detendrá?
—Eso sí, estamos obligados. Pero, ¿por qué iba a hacerlo? Ese no es su destino.
No respondió. Apretó el pulsador y el tren frenó poco a poco. Las puertas se abrieron, y sin pensarlo, bajó hasta el andén. En el otro extremo, una mujer hizo lo mismo. Al mirarse, sonrieron.
—¿Por qué?
—El pueblo quedó abandonado. Es muy bonito, pero no vive nadie.
—Entonces, si pulso el botón, ¿el tren no se detendrá?
—Eso sí, estamos obligados. Pero, ¿por qué iba a hacerlo? Ese no es su destino.
No respondió. Apretó el pulsador y el tren frenó poco a poco. Las puertas se abrieron, y sin pensarlo, bajó hasta el andén. En el otro extremo, una mujer hizo lo mismo. Al mirarse, sonrieron.