Cuidados paliativos
Darío, 47, Vigo
Escucho voces como murmullos lejanos. Quiero suplicar que no me abandonen. ¡Sigo aquí! Pero mis pulmones están vacíos de aire y solo dejo escapar un olor rancio que provoca muecas.
La mujer que me cuidaba llora a mi lado, noto el temblor de su mano sobre la mía y reconozco su dolor. Quiero consolarla, decirle que no tenga miedo; que mi locura fue vivir siempre creyendo que nada iba a cambiar.
El temor cede, la oscuridad me alcanza. Entonces ella me susurra: «Tranquilo, estoy contigo».
Y comprendo que no soy yo quien muere, sino ella quien no puede irse.
La mujer que me cuidaba llora a mi lado, noto el temblor de su mano sobre la mía y reconozco su dolor. Quiero consolarla, decirle que no tenga miedo; que mi locura fue vivir siempre creyendo que nada iba a cambiar.
El temor cede, la oscuridad me alcanza. Entonces ella me susurra: «Tranquilo, estoy contigo».
Y comprendo que no soy yo quien muere, sino ella quien no puede irse.