Libertad
Noemí, 50, Candelaria (Tenerife)
Era la vigésima vez que se encontraba con él y volvía el temblor en las piernas. Los hombres con los que siempre se había relacionado eran serios y cabales. Juan Acosta era distinto: altanero y desafiante. Hermoso como el David de Miguel Ángel. Y un ladrón de poca monta. Sabía que era culpable, pero Acosta le sonrió con sus ojos oceánicos y, de nuevo, renunció a su deber.
El juez Cabrera dictó sentencia: libertad. Acosta caminó erguido hacia la puerta. Se dio la vuelta y le guiñó un ojo. Cabrera bajó la cabeza, aturdido. Enamorado.
Ojalá lo volviera a ver.
El juez Cabrera dictó sentencia: libertad. Acosta caminó erguido hacia la puerta. Se dio la vuelta y le guiñó un ojo. Cabrera bajó la cabeza, aturdido. Enamorado.
Ojalá lo volviera a ver.