Una palabra
Noemí, 46, Finisterre
Y cada vez el silencio hacía más eco. Nos abrazábamos fuerte, como si el amor pudiera llenar el espacio que nos dejaba el vacío. Soñamos tantas veces con su risa, con sus pasos chiquititos corriendo por la casa. A veces lloramos en la cocina, juntas, compartiendo la tristeza. Pero nunca nos soltamos la mano. Porque en cada intento, sembramos la esperanza de saber que algún día, en algún lugar, un corazoncito latirá. Y ese día, tan deseado, nos dirá mamá.