CAST / GAL

¡Arre, mi Blanco!
Diego, 41, A Coruña

Recuerdo a ese niño. Corría hacia la entrada del ultramarinos cada mañana y se montaba en el caballo blanco de plástico, introducía una moneda y cabalgaba gritando: «¡Arre, mi Blanco!». Cuando su aventura terminaba, siempre le daba un abrazo a su rocín. «Hasta mañana», le decía. Pero, una mañana, el negocio cerró su persiana y el caballo desapareció.
El ultramarinos se convirtió en una tienda de electrónica y el niño con gafas en este cuarentón con lentillas. Un cuarentón que todas las mañanas, de camino a la oficina, mira al rectángulo de cemento y susurra: «¡Arre, mi Blanco!».
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