Justo a tiempo
Norberto, 42, Lugo
Cada tarde, Samuel se sentaba en el andén, con un ramo de flores en la mano. El mismo banco, la misma hora. Los trenes iban y venían, pero él esperaba.
Decía que, un día, ella volvería. La mujer que conoció durante la guerra, con quien compartió una promesa: “Si sobrevivimos, quedaremos aquí, el 3 de julio, cada año, hasta encontrarnos de nuevo.”
Pasaron los veranos. No apareció.
A los 87, Samuel cerró los ojos en el banco, ramo en mano, mientras un tren llegaba.
Una figura bajó.
Era ella.
Pero ya era tarde.
O tal vez, llegó justo a tiempo.
Decía que, un día, ella volvería. La mujer que conoció durante la guerra, con quien compartió una promesa: “Si sobrevivimos, quedaremos aquí, el 3 de julio, cada año, hasta encontrarnos de nuevo.”
Pasaron los veranos. No apareció.
A los 87, Samuel cerró los ojos en el banco, ramo en mano, mientras un tren llegaba.
Una figura bajó.
Era ella.
Pero ya era tarde.
O tal vez, llegó justo a tiempo.