Se llamaba destino
Isolda, 55, Cambre
Llegó con la lluvia y el viento otoñal, sucio y huraño, como buen trotamundos. Comenzó rondando la finca y rebuscando en la basura, hasta que, con la naturalidad de los niños pequeños, la nieta menor le abrió las puertas de casa. Jugó con los chicos, les ladró a los pájaros y fue la compañía de los mayores. Cuando llegó el verano, su sitio en el porche quedó vacío. Simplemente marchó, seguía siendo un callejero. Nadie le había puesto nombre, no hacía falta, siempre estaba ahí. Fue el abuelo quién pensó, que seguro le hubiese gustado llamarse destino.