El viaje de Ana
Santiago, 51, Madrid
En la estación vacía, Ana hojeaba un billete arrugado sin fecha. Lo había encontrado en el bolsillo de un abrigo que no recordaba tener. Intrigada, lo sostuvo contra la luz: sólo una palabra podía leerse con claridad—Destino.
Decidió subir al primer tren, convencida de que aquella señal no era casualidad. Durante el trayecto, las estaciones pasaban sin nombre, como si el mundo entero se hubiese vuelto anónimo. Alguien, sentado frente a ella, sonrió y le mostró un billete idéntico.
El vagón se iluminó con un crujido metálico y Ana comprendió que el viaje apenas comenzaba.
Decidió subir al primer tren, convencida de que aquella señal no era casualidad. Durante el trayecto, las estaciones pasaban sin nombre, como si el mundo entero se hubiese vuelto anónimo. Alguien, sentado frente a ella, sonrió y le mostró un billete idéntico.
El vagón se iluminó con un crujido metálico y Ana comprendió que el viaje apenas comenzaba.