Testigo
Josefa Antonia, 74, Avila
El orgullo de ver a los míos cumplir sus sueños siempre había sido mi mayor recompensa.
Los vi estudiar de madrugada, levantarse después de cada fracaso, celebrar las pequeñas victorias como si fueran gigantes. Raquel consiguió ser profesora en un instituto. Ignacio abrió su propio negocio. Juan, el pequeño, terminó Medicina y trabaja en un hospital.
Cada uno de sus triunfos también fue el mío.
Cuando terminaron de recoger mis cosas y vendieron la casa, se abrazaron en la puerta.
—Lo hemos conseguido, mamá estaría orgullosa.
Y tenían razón.
Aunque ninguno podía verme sonreír desde la fotografía sobre la chimenea.
Los vi estudiar de madrugada, levantarse después de cada fracaso, celebrar las pequeñas victorias como si fueran gigantes. Raquel consiguió ser profesora en un instituto. Ignacio abrió su propio negocio. Juan, el pequeño, terminó Medicina y trabaja en un hospital.
Cada uno de sus triunfos también fue el mío.
Cuando terminaron de recoger mis cosas y vendieron la casa, se abrazaron en la puerta.
—Lo hemos conseguido, mamá estaría orgullosa.
Y tenían razón.
Aunque ninguno podía verme sonreír desde la fotografía sobre la chimenea.