Argucia
Akim, 66, Barcelona (Barcelona)
Cedió por fin ante la insistencia de él y sopló desde la silla de ruedas las ocho velas de la tarta que él había preparado. Con gesto grave, luego le hizo saber que desde aquel mismo día se dejaría crecer el pelo libremente, rogándole que, cuando su cabellera alcanzara, hallándose sentada, el nivel del suelo, la ayudara a morir. Él ni afirmó ni negó. Como ella apenas puede mover los brazos, él se ocupa a diario de asearla y peinarla. Y una vez por semana y sin que ella lo advierta, con unas pequeñas tijeras le recorta las puntas.