Mosquita muerta
María, 67, Salamanca
Estaba al fondo del salón rodeado de mucha gente, pero ella sólo le vio a él. Desprendía un gran magnetismo del que no podía resistirse. La juventud curiosa, imprudente, la empujaba en su dirección. Inició un insinuante zigzag de acercamiento. Al llegar junto a él desplegó sus alas de seducción en una danza tan atrevida como inocente. Sus movimientos la hipnotizaban. Revoloteó coqueta a su alrededor, al ritmo de la música que surgía de sus manos. Él, por fin, hizo el ansiado gesto de reconocimiento. Ella acabó aplastada sobre la tapa del piano.