Todo cambia
Jesús, 62, MADRID
Sentía el agua discurrir entre mis piernas, los brazos se movían rítmicamente haciéndome avanzar lento por la superficie del río. El calor apretaba en estos días de fuerte canícula. La corriente suave en principio, se aceleraba como la vida. A la izquierda un árbol caído apuntaba sus ramas hacia el paso de los nadadores. Otros veranos ese árbol acogía nidos de aves de todas las especies. En el pueblo también las casas se derrumbaban, las crías abandonan el hogar y tampoco vuelven. Lázaro, Tobías, Teodoro… ya no están, se fueron. El verano se acaba y todo cambia de aspecto.