LA PLACA
Raúl, 55, ALGECIRAS
En casa de su suegra, durante la guerra civil española, Paco respiraba polvo detrás de un muro secreto. Herminia, su mujer, le pasaba pan, besos y noticias en susurros. Afuera, botas franquistas golpeaban la piedra. Dentro, el tiempo se doblaba como un acordeón triste.
Una noche, los soldados derribaron la pared, Paco alzó las manos. Herminia sonrió; y los hombres dudaron. Se había transformado en estatua; frío, inmóvil, y con una placa a sus pies. Había sobrevivido convirtiéndose en un recuerdo que nadie podía fusilar jamás y en la placa figuraba su nombre, fechado antes de nacer misteriosamente.
Una noche, los soldados derribaron la pared, Paco alzó las manos. Herminia sonrió; y los hombres dudaron. Se había transformado en estatua; frío, inmóvil, y con una placa a sus pies. Había sobrevivido convirtiéndose en un recuerdo que nadie podía fusilar jamás y en la placa figuraba su nombre, fechado antes de nacer misteriosamente.