El vuelo
Mundanita, 42, Paracuellos de Jarama
-Su cambio, gracias.
La voz robótica de la máquina de tabaco me devolvió a la realidad. Seguía solo, había llegado hasta ella como un autómata. Aún con el beso en los labios, ¿sería el último?
Me quedé mirando el despegue de uno de los aviones por la ventana del aeropuerto. No sabía si era el suyo o no, pero quise pensar que sí. Que ella estaría en una de las ventanas cerrando los ojos muy fuerte en el despegue, apretando sus diminutos pies contra el suelo. Siempre hacía eso. Odiaba volar. Pero aún así, se había ido.
La voz robótica de la máquina de tabaco me devolvió a la realidad. Seguía solo, había llegado hasta ella como un autómata. Aún con el beso en los labios, ¿sería el último?
Me quedé mirando el despegue de uno de los aviones por la ventana del aeropuerto. No sabía si era el suyo o no, pero quise pensar que sí. Que ella estaría en una de las ventanas cerrando los ojos muy fuerte en el despegue, apretando sus diminutos pies contra el suelo. Siempre hacía eso. Odiaba volar. Pero aún así, se había ido.