Inevitable
Luis Carlos, 55, Salamanca
—Lamento informarle que su mujer, Noa Herrera, cayó en coma poco después que usted. No presentaba lesión alguna, nadie lo pudo entender... Señor Ortega, su despertar, en cambio, parece un milagro.
Mientras, Hernán, desde la ventanilla de aquel silencioso coche esperaba ver una calle luminosa, pero encontró garajes, trasteros y autómatas esclavos del móvil en grotescos monopatines.
—¿Desea ir a verla? —le preguntó, dispuesto a acompañarle.
—No. Lléveme a casa.
Ya en el recibidor, vio que una figura aguardaba en el pasillo.
—No me dejaste otra opción —le murmuró con voz tranquila.
Hernán esbozó una sonrisa.
—Buenos días, Noa.
Mientras, Hernán, desde la ventanilla de aquel silencioso coche esperaba ver una calle luminosa, pero encontró garajes, trasteros y autómatas esclavos del móvil en grotescos monopatines.
—¿Desea ir a verla? —le preguntó, dispuesto a acompañarle.
—No. Lléveme a casa.
Ya en el recibidor, vio que una figura aguardaba en el pasillo.
—No me dejaste otra opción —le murmuró con voz tranquila.
Hernán esbozó una sonrisa.
—Buenos días, Noa.