Mandarina
Mala, 24, Santiago de Compostela
Dos chicas juntan las manos y no les cuesta prometerse amor. Compartían trabajo, libreta y sábanas.
La del pelo oscuro preguntó a la otra si necesitaba espacio, la del pelo claro dijo que no. Luego preguntó si lloraba por ella. Respondió que sí.
No anhelaba cercanía, sólo tenía miedo a sentirla lejos. Para la rubia, la presencia de ella era tan inevitable como cuando alguien se come una mandarina en una habitación cerrada. Prefirió comérsela aún sin hambre que arriesgarse a estar condenada a olerla lejos.
La del pelo oscuro preguntó a la otra si necesitaba espacio, la del pelo claro dijo que no. Luego preguntó si lloraba por ella. Respondió que sí.
No anhelaba cercanía, sólo tenía miedo a sentirla lejos. Para la rubia, la presencia de ella era tan inevitable como cuando alguien se come una mandarina en una habitación cerrada. Prefirió comérsela aún sin hambre que arriesgarse a estar condenada a olerla lejos.