Pérdidas
Jesús Navarro Lahera, 51, Madrid
Apartas la mirada y agacho la cabeza. Se me escapa un suspiro al rememorar cuando de niños, aquí mismo, jugábamos a pegar patadas a la hojarasca. Sin poder evitarlo, los labios se me estiran hasta formar una sonrisa que se esfuma al alzar de nuevo la vista, y comprobar que nada queda del viejo olmo a cuya sombra nos besamos por primera vez. Ahora solo hay coches que recorren a toda velocidad las calles asfaltadas. Y es que, en los últimos años, tan rápido como la ciudad cambiaba ante nuestros ojos, también lo hacía tu mente por la maldita demencia.