La intrusa
María Ángeles, 46, Renedo de Esgueva
Empujó la puerta y entró. Una vez más, la recibió como a una perfecta desconocida. Así venía siendo desde que sus ojos eran almendrados, sus labios redondos y su nariz perfectamente simétrica.
El espejo reflejaba un rostro diferente, con una sonrisa fingida, como el de un maniquí.
Él quería a la otra. No quería a esta, a la que siempre ladraba cuando llegaba.
Ninguno de los dos eran ya los mismos.
El espejo reflejaba un rostro diferente, con una sonrisa fingida, como el de un maniquí.
Él quería a la otra. No quería a esta, a la que siempre ladraba cuando llegaba.
Ninguno de los dos eran ya los mismos.