Cicatrices que caminan
Cristina, 56, Valladolid
El viejo roble del patio ya no daba sombra como antes. Creció torcido, igual que yo. Recordé cuando planté sus semillas con mi padre, jurando que nunca nos mudaríamos. Veinte años después, la casa tenía otros dueños y yo cargaba una maleta que pesaba más por los recuerdos que por la ropa.
En la estación, el tren llegó tarde, como siempre. Subí y miré por la ventana: el roble se hacía pequeño. No lloré. Solo sentí cómo la vida, sin pedir permiso, me había cambiado la dirección del viento.
Y por primera vez, no quise volver atrás.
En la estación, el tren llegó tarde, como siempre. Subí y miré por la ventana: el roble se hacía pequeño. No lloré. Solo sentí cómo la vida, sin pedir permiso, me había cambiado la dirección del viento.
Y por primera vez, no quise volver atrás.