El precio del cambio
Hermes S. F., 45, León
El té rojo se había quedado frío. Aparté la mirada de la pantalla y observé a la gente pasar. Ya nadie deseaba imperios, belleza o conocimiento: sólo llegar a fin de mes. A pesar de todo, gracias a las redes sociales el negocio prosperaba. Mi anuncio destacaba entre bulos e insultos: «¿Buscas un cambio? Yo te proveo. Entrega tu alma, recibe tu deseo». El teléfono vibró. Un tal Pisc1s se había quedado a mitad de serie y ofrecía su alma para que volviera el WiFi. El mundo se había vuelto... peculiar. Apuré el té. Tocaba trabajar.