Mamá
Eduardo, 47, San Cristóbal de La Laguna (Tenerife)
Mientras la sostenía entre sus brazos, sentía la respiración desvaída de la criatura sin nombre. Lejanas le parecían aquellas tardes de enero en las que, arrullándose en la mecedora, contemplaba la caída de la lluvia sobre la ventana de su habitación, decidiendo cómo la llamaría. No hubo respuesta, las nubes se marcharon y ahora la cuenta atrás había finalizado. Cuando una luz acogedora comenzó a acariciar su mejilla, un pensamiento irrumpió sin pedir permiso: su nombre, aquel que había escuchado tantas veces a lo largo de su vida, había cambiado para siempre. Ahora sería mamá.