Un minuto
J. Fernández, 47, Piloño - Vila de Cruces
El pueblo llevaba cien años sin cambiar. Las casas no envejecían, los niños no crecían y el reloj de la plaza repetía siempre la misma hora. Lo previsible era cómodo.
Mientras limpiaba el reloj, Inés rozó una aguja y la adelantó un minuto.
El suelo tembló. Brotaron flores, aparecieron grietas y los niños crecieron. Asustados, los vecinos intentaron hacer retroceder las agujas, pero el reloj siguió avanzando.
Entonces llegó la lluvia. Unos se refugiaron, otros levantaron la cara y descubrieron que nunca se habían mojado.
Por primera vez tuvieron miedo.
Por primera vez estaban vivos de verdad.
Mientras limpiaba el reloj, Inés rozó una aguja y la adelantó un minuto.
El suelo tembló. Brotaron flores, aparecieron grietas y los niños crecieron. Asustados, los vecinos intentaron hacer retroceder las agujas, pero el reloj siguió avanzando.
Entonces llegó la lluvia. Unos se refugiaron, otros levantaron la cara y descubrieron que nunca se habían mojado.
Por primera vez tuvieron miedo.
Por primera vez estaban vivos de verdad.