El desconocido
Ana, 48, Navia (Asturias)
Ya no se reconoce.
Sabe que nada tiene que ver con los surcos marcados que parten de sus ojos ni con las líneas profundas que dividen implacables su frente.
Tampoco con las que, fruto de años de preocupaciones, ocupan el espacio entre sus ya menos pobladas cejas.
Ni siquiera se debe a los cabellos blancos que, fuertes y desafiantes, acompañan a los mechones castaños en una carrera imparable para superarlos en número.
No es ahí donde se halla el desconocido en el que se ha convertido, pero lo busca igualmente, cada mañana, en el mismo espejo.
Sabe que nada tiene que ver con los surcos marcados que parten de sus ojos ni con las líneas profundas que dividen implacables su frente.
Tampoco con las que, fruto de años de preocupaciones, ocupan el espacio entre sus ya menos pobladas cejas.
Ni siquiera se debe a los cabellos blancos que, fuertes y desafiantes, acompañan a los mechones castaños en una carrera imparable para superarlos en número.
No es ahí donde se halla el desconocido en el que se ha convertido, pero lo busca igualmente, cada mañana, en el mismo espejo.