El destino infinito.
David, 36, Ponferrada
La puerta apareció de nuevo. Esta vez, en medio de la selva, un resplandor anaranjado entre la densa vegetación. Juan, que huía de algo desconocido, se detuvo. La puerta, siempre la misma, con su marco de madera tosca y la promesa de un futuro incierto, lo llamaba. Había huido de la ciudad, creyendo que el cambio de escenario lo salvaría de su destino. Pero la puerta, implacable, lo esperaba. Cada vez que la veía, un escalofrío le recorría la espalda, una mezcla de miedo y curiosidad. La puerta, un portal hacia lo desconocido, era también un recordatorio de lo inevitable.