Huellas de amor
Fernando, 52, ÁVILA
Tras sus pasos me sentía gigante. Era imposible igualar la zancada de sus piernas, que dejaban el rastro de sus botas del cuarenta y cinco. Yo alcanzaba con orgullo el abismo de esas huellas en la tierra recién arada. Con un saltito inocente, encajaba mi pequeño pie en su molde perfecto, una y otra vez.
Hoy el pecho se me llena de nostalgia. Sonrío al ver a mi hijo repetir ese juego sagrado, pero en la arena de la playa. El escenario ha cambiado, pero, en estos treinta años de distancia, el amor sigue midiendo exactamente lo mismo.
Hoy el pecho se me llena de nostalgia. Sonrío al ver a mi hijo repetir ese juego sagrado, pero en la arena de la playa. El escenario ha cambiado, pero, en estos treinta años de distancia, el amor sigue midiendo exactamente lo mismo.