El milagro de las alas.
Crisol, 56, Valladolid
Cada mañana, al abrir el aula, sentía un temblor dulce en el pecho. Mis adolescentes cambiaban sin pedir permiso. Guerrero, antes escondido, alzaba la mano con una valentía nueva. Pauli, frágil como un susurro, reía abrazando certezas que antes no tenía. Yo solo había sembrado confianza, recogiendo tropiezos como tesoros y celebrando cada error como un salto luminoso. Crecieron ante mí, torpes y radiantes, descubriendo su voz, su rumbo, su verdad. Y mientras ellos aprendían a volar, yo también renacía, agradecida por ser testigo de su fuerza.