Las marcas del camino
isabel, 52, SALAMANCA
Mi abuela decía que somos como el pan: necesitamos reposo y calor para crecer. Pasé años resistiéndome a las mudanzas del alma, aferrada a una quietud que se sentía segura, pero asfixiante. Entonces, la vida me empujó al vacío del cambio. Al principio, el frío de lo nuevo me asustó, pero pronto entendí que cada transformación era un ingrediente necesario. Hoy, mis manos son diferentes, mi mirada es más ancha y mi corazón, aunque remendado, late con la fuerza de quien ha aprendido que cambiar es la única forma de seguir siendo una misma.