El amor por las vacas
Isabel, 58, Agolada
Un buen día de sol y tarde tormentosa con un calor infernal, las gotas de sudor corrían por mi frente, pero al mirar al cielo me armé de valor.
Sabía que mis pobres vacas estaban allí, en el monte, solas. Me estaban esperando impacientes para que las trajera a casa. Sus bocas y su garganta estaban secas, no tenían agua ni un cobijo donde ponerse a la sombra. Así que decidí ponerme en marcha.
Mis piernas estaban infladas como un balón por el calor, ¡pero mis vacas me esperan!
Sabía que mis pobres vacas estaban allí, en el monte, solas. Me estaban esperando impacientes para que las trajera a casa. Sus bocas y su garganta estaban secas, no tenían agua ni un cobijo donde ponerse a la sombra. Así que decidí ponerme en marcha.
Mis piernas estaban infladas como un balón por el calor, ¡pero mis vacas me esperan!