Rostros prestados
Raqueliña, 20, Lugo, Lugo
Bailaban, como cada sábado, abrazados por la misma canción de siempre. Él notó algo extraño: las manos de su amada no eran las que recordaba, la textura era ajena. La luz clareaba un cabello que en su memoria siempre fue negro azabache. Los pasos cambiaron, inciertos, y el abrazo comenzó a desvanecerse en una confusión dolorosa. Poco a poco comprendió la verdad: ya no bailaba con ella, sino con una desconocida. El destino lo había condenado a olvidar, y a verla en cada rostro, en cada sombra, en cada canción que repetía su ausencia.