Prejuicio
Akim, 66, Barcelona
Con el libro que los compañeros me habían regalado el día de mi jubilación, entré en una tienda de jardinería. Siguiendo sus instrucciones, planté en el jardín un par de arándanos y otros tantos endrinos. Todos prosperaron y me animé a incorporar otras especies. Pero pronto descubrí que me robaban parte de la cosecha. Irritado, me acordé de la familia extranjera recién llegada al pueblo. Los hurtos, más espaciados, continuaban varias semanas después y ya había decidido denunciarlos cuando una mañana me encontré a la puerta de casa dos docenas de tarros de vidrio conteniendo deliciosas mermeladas caseras.