El mismo pincel
Q. Zerhog, 32, Cambre
Cada aurora, un pincel inexorable traza siluetas con fingida diversidad. A una le concede porcelana azul profundo donde paladear su intenso café; a otro más caprichoso, lustrosa mayólica blanca que contraste con su té. Ambos parten hacia oficinas distintas, orgullosos de matices superficiales que creen personales.
Sin embargo, sus existencias —separadas por un hilo que marca su simetría— los hacen prisioneros del mismo tedio elegante. Al caer la noche, sobre sus lienzos oscurecidos, ignoran con deliciosa ironía que, bajo disfraces exquisitos, comparten idéntica monotonía; mientras el destino, con discreta burla, continúa pintando copias que, cada uno, jura única.
Sin embargo, sus existencias —separadas por un hilo que marca su simetría— los hacen prisioneros del mismo tedio elegante. Al caer la noche, sobre sus lienzos oscurecidos, ignoran con deliciosa ironía que, bajo disfraces exquisitos, comparten idéntica monotonía; mientras el destino, con discreta burla, continúa pintando copias que, cada uno, jura única.