La cola
Amaya, 49, Reus
La señora entregó un billete de cien euros.
—¿No tendrá usted cambio? —dijo la dependienta, con gesto de súplica, mientras miraba la caja registradora con algunos compartimentos al borde del vacío perfecto.
La mujercilla rebuscó parsimoniosamente en su bolso y sacó un monedero.
—A ver qué tengo, hija mía.
Empezó a contar una a una las monedas de color cobre que iba extrayendo, a una velocidad inversamente proporcional a la que crecía la cola de clientes tras de sí.
Alguien hizo ademán de quejarse y la tendera le cortó.
—La señora está contando. Algún día también le llegará su turno.
—¿No tendrá usted cambio? —dijo la dependienta, con gesto de súplica, mientras miraba la caja registradora con algunos compartimentos al borde del vacío perfecto.
La mujercilla rebuscó parsimoniosamente en su bolso y sacó un monedero.
—A ver qué tengo, hija mía.
Empezó a contar una a una las monedas de color cobre que iba extrayendo, a una velocidad inversamente proporcional a la que crecía la cola de clientes tras de sí.
Alguien hizo ademán de quejarse y la tendera le cortó.
—La señora está contando. Algún día también le llegará su turno.