Cordones
Rodrigo, 18, Zaragoza
De niño, solía cruzar el pasillo de casa a la carrera en busca de mi propio gigante. Al llegar al umbral de la puerta, levantaba la mirada en busca del arropo de sus ojos y le tiraba de la gabardina, exigiendo que bajara a mi altura para atarme los cordones.
Hoy el pasillo es el mismo, aunque el paso del tiempo parece haber conseguido encoger progresivamente al gigante. Ahora soy yo quien debe mirar hacia abajo en busca de su rostro; quien debe arrodillarse a sus pies para, tomando sus manos con ternura, devolverle el gesto y atarle los cordones.
Hoy el pasillo es el mismo, aunque el paso del tiempo parece haber conseguido encoger progresivamente al gigante. Ahora soy yo quien debe mirar hacia abajo en busca de su rostro; quien debe arrodillarse a sus pies para, tomando sus manos con ternura, devolverle el gesto y atarle los cordones.