Inefable
Azu Fernández, 39, La Adrada AVILA
No hubo anuncio ni estruendo, solo esa calma tensa, como cuando un cuadro cae sin razón, o despiertas y ya nada en tu vida cuadra. Sentí la herida mansa de lo inevitable. No importaban mis pasos, ni mis dudas: el camino ya estaba escrito, infinito, en un idioma que nunca aprendí. No quise rebelarme; acepté la certeza amarga, la dulzura cruel de lo que no se elige. Y entonces lo supe: el infinito se abrió ante mí, destino inefable, como gotas de lluvia quebrando un amanecer.