La deuda
Antonio Manfredi, 52, Aznalcázar
Podíamos haber elegido cualquier otro lugar, pero el azar nos encadenó frente al “Angello”.
Una sirena rompió el silencio en mitad de la noche pintando de azul la habitación.
Desorientado, desperté entre sombras buscando a Susana, pero solo encontré el vacío en su lado de la cama.
Me asome a la ventana: el neón rojo parpadeando, la figura crucificada entre tacones rojos gigantes, la piel expuesta.
Y su vida extinguida bajo un epitafio cruel:
“Con la muerte, se acaban las deudas”.
Solo entonces comprendí: el destino no perdona saldos pendientes.
Una sirena rompió el silencio en mitad de la noche pintando de azul la habitación.
Desorientado, desperté entre sombras buscando a Susana, pero solo encontré el vacío en su lado de la cama.
Me asome a la ventana: el neón rojo parpadeando, la figura crucificada entre tacones rojos gigantes, la piel expuesta.
Y su vida extinguida bajo un epitafio cruel:
“Con la muerte, se acaban las deudas”.
Solo entonces comprendí: el destino no perdona saldos pendientes.