CAST / GAL

VACÍO
Isa, 50, Telde

El amanecer no trajo calma, sino un filo invisible en el aire. Las calles vacías guardaban ecos de pasos ausentes, como si alguien hubiera huido dejando atrás su sombra. El viento arrastraba polvo y promesas rotas, golpeando contra persianas cerradas. Cada rincón parecía un recordatorio de lo que ya no volvería, de lo que se había quebrado sin remedio. No había música ni voces, solo un silencio espeso, capaz de morder la piel. En medio de esa quietud hostil, el corazón latía como un tambor cansado, obligado a resistir aunque no quedara nada digno de ser salvado.
Compartir: