Migrante
Gabriela, 28, Oleiros
Como cada mañana, me despertó el aroma tibio a café recién hecho. En la cocina, mi madre preparaba desayuno para todos, que esperábamos entre risas y ruidos cotidianos. El sol de mi infancia entraba por la ventana, iluminando el lomo de mi perro que descansaba fiel sobre mi regazo. Cerré los ojos y terminé de empacar aquel último recuerdo.
Con la vida a cuestas y una maleta llena de ausencias, partió mi cuerpo hacia lo desconocido, mas yo me quedé atrapada en esa cocina.
Con la vida a cuestas y una maleta llena de ausencias, partió mi cuerpo hacia lo desconocido, mas yo me quedé atrapada en esa cocina.