HABITARME
ISABEL FRANCISCA, 46, MÁLAGA
Cerré de golpe la maleta y suspiré. El eco de la habitación vacía me devolvió una paz que ya no recordaba. Dejar atrás este lugar, con sus vecinos ruidosos que vigilaban cada plato y sus insoportables alarmas para el pesaje diario, era el cambio vital que necesitaba. Caminé por el pasillo central cargando el equipaje, ignorando los murmullos de quienes se quedaban atrapados en esa rutina gris.
Al cruzar la gran puerta, dos niños corrieron a abrazarme con fuerza mientras mi marido lloraba de emoción. Mi cuerpo volvía a casa sano, listo para ser habitado.
Al cruzar la gran puerta, dos niños corrieron a abrazarme con fuerza mientras mi marido lloraba de emoción. Mi cuerpo volvía a casa sano, listo para ser habitado.